martes, 2 de marzo de 2010

Erase que se era. Fin.

Y hasta aquí llegan los frutos de las pesadillas del autor de este relato de ficción, producto de la enfermiza imaginación del mismo o de delirios febriles.
Os puedo jurar que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y todos los personajes que aquí aparecen no guardan semejanza alguna con personas reales.
Os imaginais que pueda haber personas de carne y hueso tan perversas y malvadas? Tan depravadas? Tan ansiosas de poder? como las que aparecen en este cuento?
NOOOOOOOOO!
De todos es sabido que los gobernantes españoles en nada se parecen a los del viejo reino de la ficción, y todos son seres bondadosos y desprendidos, amantes de la Patria, procuradores de la felicidad de sus gobernados, estupendos administradores que gestionan la vida pública con acierto y rigor, que jamás de los jamases se avendrían a colaborar con bandas terroristas... ni a robar los fondos reservados... ni a... ni a...
La lista de virtudes de nuestros gobernantes es infinita, y la de sus logros tan extensa que resumirla  muy brevemente me llevaría una década (por lo menos).
La imparcialidad y rigor de nuestros jueces es de fama universal, y el solo imaginar que se pudieran ver tentados por el dinero, el afán de protagonismo  o de poder es propio de dementes o menguados. 
La sabiduría de nuestro monarca es por todos reconocida y mundialmente alabada, su bondad no admite discusión y su neutralidad política está fuera de toda duda. Sus desvelos por la unidad de la nación nos conmueven a todos.
El tema de la caza de osos borrachos he de reconocer que se lo he plagiado a un amiguete mío,  íntimo amigo de Jack Daniels y de Jhonny Walker, con los que se reune con frecuencia para inventar historias de osos.
Así que aquí concluye este relato de terror, cuya lectura espero no os haya aburrido en demasía, que buenos escritores que os deleiten con su prosa hay muchos y yo no soy uno de ellos (para mi desgracia).
Desde este momento procuraré dar mi modesta opinión sobre temas de actualidad y ahorraros las molestias de soportar mis desvaríos (a ver si me bajan las fiebres malignas, que me dejan la neurona hecha polvo, y no paro de pergeñar disparates).
Gracias mil por vuestra inmerecida atención.

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