miércoles, 30 de diciembre de 2009

Erase que se era.

Erase que se era una Nación vieja de muchos siglos, forjada en la unión de diferentes reinos a que dio lugar la caída del Imperio Romano,





 unidos por una cultura, una lengua y una religión comunes a todos ellos, por más que entre ellos hubiera gran diversidad de usos, costumbres y caracteres. Todos juntos guerrearon durante siglos contra los moros que habían invadido sus tierras, esclavizado a sus gentes y tratado de imponer la religión del profeta Mahoma. Unidos entre sí, lucharon por su libertad y su religión, logrando expulsar al invasor.







Por medio de matrimonios de conveniencia se logró la unión política de todos los reinos y comenzó la gran aventura de la expansión a lo largo y ancho de 4 continentes, formándose un Imperio donde jamás se ponía el Sol.
Sus navegantes descubrían nuevas tierras con cada barco que zarpaba, sus soldados las exploraban e imponían la autoridad de sus monarcas a los nuevos ciudadanos del Imperio, llevando consigo su cultura, su lengua, sus leyes y su religión.
Sus políticos gobernaban el mundo.







 El ingenio del pueblo alumbró la obra cultural más cimera que vieran los siglos pasados y verán los futuros. Literatos, pintores, escultores, arquitectos.... Todos derrochaban talento por doquier, excepto los gobernantes.

 

  

 

Empeñados en estériles guerras de religión, en fastos inútiles, dejando el gobierno de la Nación en manos de validos y funcionarios corruptos, dando fueros y privilegios absurdos a clérigos y nobles, sus reyes fueron dilapidando a manos llenas las riquezas y tesoros que llegaban allende los mares.





El no trabajar para ganarse el sustento era tenido por punto de honra y hasta el más vulgar bribón se apellidaba de hidalgo. Siendo puntillosos en la guarda de las fiestas religiosas, no quedaba día laborable alguno a lo largo del año. Mal vistos los negocios y el comercio, por ser propios de judíos (la limpieza de sangre era imprescindible para sobrevivir), nadie trabajaba.
Lógicamente llegó la ruina del Imperio y los ciudadanos de los dominios más alejados de la metrópoli se independizaron, lo que sumió a los habitantes del viejo reino en una gran depresión.
Mientras tanto, grandes revoluciones habían recorrido el mundo.



Nuevas ideas políticas, religiosas y científicas se difundieron por el planeta cual viento huracanado. La invención de la máquina de vapor dio paso a florecientes industrias. La religión dejó de ser el centro de gravedad alrededor del cual giraba la sociedad.

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